La guardiana de los recuerdos del Chaco: Betty Arce y una historia de amor marcada por la guerra
A sus 98 años, Nora Bethsabe Arce, viuda de Suárez, conserva una memoria que conecta su historia familiar con uno de los episodios más importantes y dolorosos de Bolivia: la Guerra del Chaco. Aunque ese es su nombre oficial, en San Pedro, donde nació, y en Irupana, donde construyó gran parte de su vida, todos la conocen simplemente como la señora Betty.
Este 21 de julio, fecha en la que se recuerda la firma del Tratado de Paz, Amistad y Límites entre Bolivia y Paraguay, su historia adquiere un significado especial. Betty es considerada la última viuda de un benemérito de la Guerra del Chaco que permanece en Irupana, localidad que perdió al menos a 40 de sus habitantes durante el conflicto.
La guerra estuvo presente en su vida desde que era una niña. Cuando el enfrentamiento entre Bolivia y Paraguay comenzó, Betty recuerda cómo la sirena del pueblo rompía el silencio para anunciar la llegada de noticias desde el frente de batalla. En aquellos años, sin los medios de comunicación actuales, los habitantes se reunían para conocer los partes de guerra, esperando noticias de los soldados que habían partido.
El conflicto armado se desarrolló entre 1932 y 1935, mientras que la paz definitiva entre ambos países quedó establecida con la firma del Tratado de Paz, Amistad y Límites, suscrito en Buenos Aires, Argentina, el 21 de julio de 1938.
La tragedia también alcanzó a la familia de Betty. Su primo, Mercado Arce, militar de profesión, perdió la vida en su primer combate.
Mientras ella crecía, Víctor Suárez Paniagua, quien años después se convertiría en su esposo, combatía en el Chaco. Víctor marchó a la guerra acompañado de su padre y su hermano mayor. En medio de un conflicto que dejó miles de víctimas, los tres integrantes de la familia Suárez consiguieron regresar con vida.
El esposo de Betty, Víctor Suárez Paniagua
Durante la guerra, Víctor estuvo encargado del manejo de ametralladoras pesadas. Según los recuerdos conservados por su esposa, varios de sus compañeros perdieron la vida durante los enfrentamientos, mientras él logró sobrevivir y regresar a casa.
En aquellos años también estuvo presente la figura de su “madrina de guerra”, Dominga Salvatierra, una de las mujeres civiles que acompañaban espiritualmente a los combatientes mediante sus oraciones y apoyo moral.
A los 15 años, Betty comenzó a trabajar en la Intendencia Central del Ejército en La Paz. Tiempo después, durante un feriado de agosto, viajó hasta Irupana para visitar a su madre. Lo que inicialmente parecía una visita temporal terminó cambiando el rumbo de su vida.
Fue en Irupana donde conoció a Víctor, veterano de la Guerra del Chaco y 14 años mayor que ella. Cuando Betty tenía 19 años y Víctor 33, ambos decidieron unir sus vidas.
El matrimonio permitió construir una nueva historia después de los años difíciles de la guerra. Betty recuerda el carácter fuerte y bromista de su esposo, mientras la familia fue creciendo y consolidándose en una comunidad que mantenía un profundo respeto por quienes habían combatido en defensa del país.
Betty y Víctor tuvieron siete hijos. Entre ellos estuvieron unos mellizos nacidos en 1958, en una época en la que muchos partos todavía eran atendidos en los hogares con la asistencia de parteras tradicionales y sin los recursos médicos y tecnológicos disponibles actualmente.
Con el paso de los años, la familia continuó creciendo. Hoy, Betty está rodeada por el cariño de sus siete hijos, 16 nietos y 11 bisnietos.
Víctor falleció y sus restos descansan en el mausoleo construido para los beneméritos en Irupana. Su nombre también forma parte de la lista de héroes que permanece en la puerta de la iglesia de la localidad.
A sus 98 años, Betty continúa viviendo en Irupana y mantiene una rutina activa con el acompañamiento de su familia y de una joven que la ayuda diariamente. Se levanta después de las nueve de la mañana, se arregla, luce sus uñas pintadas y lleva un moño en su cabello blanco. Los domingos disfruta de una jawita, mientras que sus mejores momentos llegan cuando puede compartir y conversar con sus hijos.
Desde su hogar, Betty conserva los recuerdos de una historia que atravesó generaciones. Su vida representa también la memoria de quienes vivieron las consecuencias de la Guerra del Chaco desde sus hogares y de las familias que tuvieron que reconstruir sus vidas después del conflicto.
Más de nueve décadas después de aquella guerra, Betty Arce permanece como testigo de una época que marcó profundamente a Bolivia. Su historia y la de Víctor Suárez Paniagua reflejan cómo, después de los años de enfrentamiento y pérdida, una familia logró construir un legado que hoy continúa vivo a través de hijos, nietos y bisnietos.